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La vida en un hueco: saberes y experiencias meleras en el monte santiagueño

Entrada de un nido de abeja “yana” (Scaptotrigona jujuyensis) en un tronco.

Nota publicada en la sexta edicion de la Revista Quipu (del Colegio de Graduados en Ciencias Forestales de Santiago del Estero). Autoras: Cilla G.  (Dra. en Ciencias Biológicas. FAyA, UNSE-REDAF), Guzmán A. (Dra. en Ciencias Forestales. FCF, UNSE-REDAF) , Marozzi Mo P. A. (Lic. en Ecología y Conservación del Ambiente. FUNDAPAZ-REDAF).

«El monte es tan rico y diverso que aún en los huecos hay lugar para la vida. La colecta de miel o “meleo” y cera de abejas a partir de nidos ubicados en huecos de árboles, constituyó una actividad de subsistencia entre los pueblos indígenas y criollos afincados en el Gran Chaco (Kamienkowski y Arenas, 2012). La actividad antrópica modificó el paisaje, sin embargo, donde la vegetación leñosa subsiste a pesar de la historia del bosque, persiste una tradición oral en aquellos pobladores que no han roto sus lazos con la tierra. Quienes hoy habitan y conviven con el monte, los “campesinos”, heredaron un relato enriquecido con nombres y formas de recolección, consumo y usos dados a mieles silvestres y otros productos elaborados por abejas y avispas. Esos saberes y experiencias compartidas con comunidades campesinas y campesino-indígena de los departamentos Copo, Alberdi y Pellegrini sobre los recursos melíferos usados tradicionalmente por sus comunidades (su valor alimenticio, medicinal y cultural), derivaron en la puesta en marcha de acciones conjuntas para garantizar la conservación de la diversidad biológica mediante la adopción de métodos de cría sustentable de algunas de las especies comunes en la zona. Porque la inquietud no solo es consumir estas mieles, sino hacerlo sin dañar nidos y árboles en pie. La cría en cajas o colmenas rústicas es vista como una opción productiva compatible con la conservación del monte y el bienestar de las familias campesinas. Además de que con-forma una actividad de bajo costo, y a raíz de la poca agresividad de las abejas nativas, la tarea es posible de ser realizada por casi cualquier integrante de la familia, representando una fuente de ingreso para la economía doméstica. Por otra parte, la inclusión reciente de la miel de “yateí” (Tetragonisca fiebrigi), especie emparentada y que recibe el mismo nombre que nuestra “rubito” (Tetragonisca angustula), al Código Alimentario Argentino (Resolución Nº 17/2019)  abre también la posibilidad al comercio controlado de este tipo de mieles silvestres. Asi también, este proceso, favorece la participación equitativa de mujeres y hombres, y la práctica cotidiana en los planos inter e intrageneracional, garantizando la transmisión de herencias culturales y recuperando las costumbres ancestrales.

¿Qué metodología seguimos?

Se desarrollaron capacitaciones en los distintos espacios donde los productores campesinos intervienen. Se propició el intercambio mediante el diálogo y la reflexión, relacionando la teoría con las prácticas cotidianas, apelando a la experiencia de los participantes, compartiendo y cotejando los conocimientos. Para indagar en los saberes que los participantes tienen sobre insectos melíferos, se trabajó con material gráfico, fotos de las especies, de las entradas y otras partes del nido. Acompañados del relato de quienes tienen conocimiento y aún consumen sus mieles, se realizaron caminatas participativas donde se identificaron los nidos y se asignaron a las distintas especies según características de sus entradas y sus ocupantes. Se pusieron de manifiesto aquellas especies de abejas y avispas valoradas y diversas necesidades vinculadas a las formas de producir y al sentido de pertenencia e identidad. Para nombrarlas, los participantes utilizaron un número elevado de sinónimos, sin embargo, mayormente existió un consenso sobre los nombres comunes que les fueron asignados. Por último, como una alternativa a la costumbre de “salir a melear” se procedió al trasiego de nidos a cajas de cría.

Saberes compartidos

Quienes participaron de las capacitaciones tienen experiencia en meleada en monte y mencionan 11 etnoespecies melíferas, que pueden asociarse a 11 especies biológicas, de las cuales 7 son abejas silvestres sin aguijón (Meliponini), la abeja extranjera (Apis mellifera) y 1 especie de abeja solitaria (probablemente Emphorini), y 2 especies de avispas (Epiponini).

Entre las abejas sin aguijón, a las que se refieren como “meliponas”, mencionan abundancia de nidos de “tiusimi” (Plebeia molesta), “quella” (Plebeia catamarcensis), y de “quellita” o “pusquellu”, siendo esta última de menor tamaño que la “quella”. Ahondando en el relato de los participantes y tras identificar nidos de “quellitas” en el monte, se comprobó que tanto las entradas, fabricadas con cera, pequeñas piedritas y semillas adheridas, al igual que sus ocupantes, correspondían a la especie P. molesta: abejas de tamaño pequeño, de color negro, generalmente sin manchas amarillas en la parte frontal de la cabeza. Es probable que se les de esta denominación a las colonias jóvenes de “tiusimi”, que al producir menor cantidad de miel que las “quella”, vaga en idioma quichua, las denominen con su diminutivo. Las “quellas” corresponden a las “meliponas” de menor tamaño registradas en la provincia, con manchas amarillas en la parte frontal de la cabeza, y sobre la cabeza y el tórax de color blanquecino. Aseguran que junto con “moro” (Melipona orbignyi), estas especies poblaban el monte antes de la llegada de la abeja “extranjera” (Apis mellifera). El “moro” es una abeja poco común y tímida, que muda de lugar su nido ante disturbios. Reservada para el consumo de niños y niñas, describen la miel de “rubito” (Tetrago-nisca angustula), como muy dulce, rica, preferentemente de uso medicinal. Su cera, de consistencia blanda se mastica y el propóleo por su perfume es conocido como “incienso”. La que más abunda es la “yana” o “peluquerito” (Scaptotrigona jujuyensis), su miel de sabor agradable también es buscada por sus propiedades medicinales.

Para extraer la miel, algunos pobladores hacen una abertura en el tronco a modo de tapa, donde se localiza el nido, que puede retirarse al momento de cosechar y volver a tapar sin causar mayores daños, conservando la colonia y el árbol en pie. Otros, adoptan el sistema de colmena rústica, transportando la porción de tronco que contiene al nido cerca de sus viviendas. Utilizan un manojo improvisado de líquenes fibrosos que “cuelgan” del quebracho blanco (“sajasta”) para extraer la miel que queda en el fondo del hueco (“chiama”). Consideran que la “yana” selecciona sitios distintos para nidificar, denominándola “ashpa mishky”, cuando lo hace en tierra. El “alpaco” o “ashpa mishky” corresponde a otra especie de abeja (Geotrigo-na argentina) que es morfológicamente parecida a la “yana” (ambas son negras y de tamaño semejante). Para llegar a su miel, todos coinciden en que hay que cavar profundo, no así para consumir el “chilalo”. Esta abeja no forma colonias (solitaria) y construye “vasijas de barro” a pocos centímetros de la superficie del suelo. No producen miel, pero quienes consumen el contenido de sus celdas lo describen de consistencia cremosa y sabor dulce (mezcla de polen, néctar y secreciones de la abeja). Cuando el suelo se puebla de torres de barro, que rodean la entrada al nido, se sabe que es la época de juntar “chilalo”. Describen a la abeja como de tamaño mediano, color marroncito claro, un poco más robusta y peluda que la “extranjera”, características que nos permiten creer que se tratarían de abejas de la tribu Emphorini. Otra abeja parecida a la “yana”, aunque de cuer-po más brillante y característico olor a limón, es el “cayasán”, “cayo” o “quillusán” (Lestrimelitta sp.). Especialista en pillaje, puede localizar-se en cercanía de nidos de otras “meliponas”. Reconocen sus nidos por los múltiples tubos de cera que rodean la entrada principal. Entre “las que pican”, además de la abeja “extranjera”, algunos participantes hacen mención a dos tipos de “abejas lechigüana”. Al igual que en los relatos de Bilbao (1964-1965), se refieren a dos especies de avispas que elaboran una miel dulce comparable con la producida por la “extranjera”. La avispa “lechiguana” o “lachiguana” (Brachygastra lecheguana), cuelga sus nidos a pocos centímetros del suelo, entre ramas, y pueden alcanzar más de medio metro de largo. La distinguen de la “bala” o “balita” (Polybia aff occidentalis), una avispa que hace panales en ramas altas, de menor tamaño y esféricos. Describen la superficie de ambos nidos de color cenicienta y dura, similar al cartón, que suele romperse de un golpe. La “miel” de estas avispas es recordada por su sabor suave y trasparencia, y porque las abuelas “mandaban a bajar una bala” para endulzar el mate.

Trasiego de un nido de abeja “yana” (Scaptotrigonajujuyensis) a cajas de cría.

De extractores a cultivadores de mieles

Tras un diálogo intercultural revalorizador y al dinamizar los saberes de los actores involucrados, se elaboraron opciones para la autogestión y manejo sustentable de los recursos melíferos. Quienes tienen experiencia de meleada en monte manifiestan su interés en la posibilidad de cría cerca de sus casas. Partiendo de la forma utilizada para la apertura de troncos, con hacha o motosierra, se trasladó parte de nidos a cajas de cría tecnificadas (Chianetta et al., 2020), dejando la mitad en el interior del tronco a modo de colmena rústica. Se extrajeron potes de miel y polen, y miel para consumo. Se colocaron las partes del tronco en su posición original y se cubrieron los huecos con barro para evitar posible ingreso de enemigos. Se realizaron trasiegos desde nidos de “yana” en troncos y un nido de “rubito” en mistol. Este procedimiento permitió multiplicar nidos, incrementando el número de colmenas sin recurrir a la práctica extractiva y evitando los daños que causa la apertura de los trocos en árboles en pie.

Conclusiones

Consumir estas mieles sin dañar nidos y árboles en pie, es una inquietud constante en cada intercambio con comunidades que viven en el monte. Promover su cría en cajas o colmenas rústicas, es una opción productiva compatible con la conservación del monte y el bienestar de las familias campesinas. Por ser una actividad de bajo costo y dada la poca agresividad de las abejas nativas, es posible de realizar por casi cualquier integrante, representando una fuente de ingreso para la economía familiar. La inclusión reciente de la miel de “yateí” (Tetragonisca fiebrigi), especie emparentada y que recibe el mismo nombre que nuestra “rubito” (T. angustula), al Código Alimentario Argentino (Resolución Nº 17/2019) abre la posibilidad al comercio controlado de este tipo de mieles silvestres. Además, este proceso, favorece la participación equitativa de mujeres y hombres, y la práctica cotidiana en los planos inter e intrageneracionales, garantizando la transmisión de herencias culturales recuperando las costumbres ancestrales.»

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